lunes, 26 de mayo de 2014

Salud, divino tesoro

Soy una enferma crónica. Suena chungo, pero es una realidad. Necesito ciertos medicamentos sin los cuales no me voy a morir, pero no tomarlos supondría una merma importante de mi calidad de vida. No es sólo que no podría respirar bien, sencillamente cada vez respiraría peor, y quizás terminaría necesitando ayuda para hacerlo. Respirar es necesario. Oler, también, aunque parezca un sentido secundario, no oler absolutamente nada durante años no es grato. Es desconcertante, incómodo y también muy peligroso. Puedes no enterarte de que se está quemando tu casa, por ejemplo. O de que hay un pájaro muerto en tu chimenea. Por suerte, tengo dinero y la nacionalidad española, así que por una cantidad pequeña, de momento estoy provista de todo lo necesario para llevar una vida prácticamente normal. Respiro, huelo y vivo. Puedo incluso hacer deporte con normalidad. Pero soy consciente de que estoy enferma. No grave, pero sí para siempre. Dependiente de por vida de una serie de sustancias que determinan que esté bien o mal. Unos frasquitos y unos comprimidos son la llave de mi bienestar. Y es una sensación desagradable. De fragilidad. De vulnerabilidad totalmente real y objetiva.

Poder ir a la farmacia y volver a casa con esas cajitas mágicas es un privilegio del que soy consciente. Pero esa certeza no lo hace más fácil de digerir. Pero lo hago, lo integro en mi vida lo mejor que puedo, y a veces hasta me río de mi mala salud de hierro. Como con el refrán que esta mañana me ha soltado mi madre, refiriéndose a mi abuela, y que me ha hecho sonreír esperanzadamente resignada a mi suerte:

"Mujer enferma, mujer eterna".


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