miércoles, 2 de julio de 2014

De la amargura de la felicidad

Aunque pueda parecer contradictorio, la felicidad tiene una cáscara amarga que no vemos cuando la vivimos. No tiene sabor, o quizás el de la propia felicidad es tan intenso en ese momento, que somos incapaces de percibirlo. Pero vaya si lo tiene. Una amargura traicionera, agazapada detrás de los fuegos artificiales de la alegría, que no vemos hasta que pasa el tiempo y recordamos momentos especiales que se fueron para siempre. Y es que no hay felicidad redonda, completa. Incluso la más perfecta en apariencia, tiene un lado oscuro que se manifiesta precisamente cuando más falta nos hace: cuando ese momento de dicha ha pasado. Recordar tiempos felices puede ser tremendamente destructivo. No porque el tiempo haya mitigado la intensidad de lo felizmente vivido, sino todo lo contrario. Su ausencia, su desaparición, su carácter de pasado muerto y caduco, cuando de hecho sigue aún tan vivo en nuestra memoria, hace de los recuerdos felices un regalo envenenado, que puede explotarnos en las manos cuando lo abrimos. Y destrozarnos.

Sé de lo que hablo. Estos últimos días, el universo completo parece haberse compinchado para hacerme recordar, sin yo quererlo, una de esas etapas excesivamente buenas de mi vida. Todo aquello que viví felizmente hace seis años por estas fechas aparece igualmente risueño, fresco, palpitante, vivo. Y es muy difícil de soportar la realidad inamovible y definitiva de que es un pasado muerto y enterrado. La felicidad hizo su trabajo en su momento, pero ahí se quedó. Los buenos recuerdos, al contrario de lo que se piensa, no te hacen feliz al echar mano de ellos, sino todo lo contrario. Sólo sirven para recordarte que fueron, pero ya no son, y para hacer más grande el vacío que dejaron.

Así que, amigos, un consejo. Vivid, a tope, sed felices, lanzaos sin miedo y exprimid los buenos momentos como si os fuera la vida en ello, porque así es. Pero sin más. En ese instante. Ni se os ocurra acumularlos, ni atesorarlos para echar mano de su recuerdo cuando vengan tiempos peores. Os engañáis si pensáis que después os harán felices.