viernes, 8 de agosto de 2014

Nadie dijo que fuera a ser fácil

A veces, la vida es como un callejón sin salida. Más o menos largo, pero con una pared al final de uno de sus extremos que te corta el paso, y te tapa el horizonte que se extiende más allá. Pero nos olvidamos que esos callejones sí que tienen salida. Una. Y es justo la misma que la entrada. Lo que pasa es que no siempre es fácil dar media vuelta y decidir salir de allí. Nos quedamos atascados, desconcertados, sin saber qué hacer, si tirar para delante o dar media vuelta, bloqueados mentalmente con la pared que nos cierra el paso, incapaces de reaccionar. 

A veces, es necesario sentarse en el callejón, respirar, y descubrir las ventajas de quedarse un rato allí. A solas. Pensando en nuestras cosas, tranquilamente, sin necesidad de tirar ni para un lado ni para otro. Dejando fuera del callejón lo que realmente está fuera de él. Separando una parte de nosotros y dejándola estar ahí dentro, segura frente a las agresiones del exterior, a salvo. Salir y poder volver a entrar a la oscuridad acogedora del callejón cuando nos haga falta. A su silencio tranquilizador. A su, quizás, frágil y equívoca sensación de seguridad. Pero verdadera en su fragilidad.

A veces, sólo es necesario poner las cartas sobre la mesa y asumir que son malas. Que seguramente no vas a ganar la partida. O lo mismo sí, porque a veces no sólo depende de cómo juegues tú, sino también de cómo jueguen las suyas los demás, y llevar una mano espectacularmente buena tampoco es siempre garantía de nada. A veces, basta con limitarse a disfrutar del juego. Intentarlo. No levantarte de la mesa, aunque quizás ése sea el primer impulso, la salida más sensata. Apurar las posibilidades, aunque sean pocas.

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