miércoles, 1 de octubre de 2014

Por qué me callo

Twitter suele ser fuente inagotable de descubrimientos y de oportunidades para cruzarte con gente interesante. Allí, en la casa del pajarito azul, "descubrí" no hace mucho el blog de Mª Carmen (MC), "La columna fucsia", una interesante bitácora de tipo personal en la que su autora reflexiona sobre temas de lo más variopinto de una manera que me enganchó de inmediato. Hacía mucho que no descubría un blog que me diera ganas de leer de principio a fin.

Pues bien, ayer en "La Columna Fucsia" se hablaba del silencio. Una charlatana confesa como MC contaba de lo que ciertos silencios le provocan. Y yo le respondí, ya en Twitter, con uno que me parecía que se había olvidado entre la lista de silencios a los que hacía referencia: el silencio al que te ves forzado cuando te encuentras ante una persona con incontinencia verbal. Y mira, recogiendo el guante que me lanzó, he terminado recopilando los distintos motivos por los que una persona callada, como yo, se mantiene en silencio en muchas ocasiones. 


Yo soy más bien callada. Tímida, incluso, aunque menos que cuando era más joven, claro está. La madurez es lo que tiene, que te quita miedos y tonterías. Sin embargo, sigo siendo de pocas palabras. Nunca he cubierto mi timidez con palabrería, como muchos introvertidos hacen. Tampoco soy retraída, pero no suelo pegar hebra con facilidad extrema. Aunque a veces sí que hablo con desconocidos, depende del feeling y de las circunstancias. Y en esas ocasiones, quien me viese, pensaría que soy una persona extrovertida y muy “echá p'alante”. Pero es que puedo serlo. Sin embargo, en general tiendo al silencio. Y voy a explicar un poco por qué algunas veces me quedo callada en lugar de hablar.

1. Me callo cuando no tengo nada que decir. Así de simple. Prefiero no meter la pata a mostrar mi ignorancia claramente. Si el tema me es ajeno, escucho. Es posible que aprenda algo. O no, y me dé cuenta de que si no tengo ni idea de esa materia es por algo: porque no me interesa ni me interesará nunca.

2. Me callo cuando el que habla cuenta cosas interesantes. Me gusta escuchar. Me gusta aprender. Si mi interlocutor lo está haciendo bien, no merece que le pare para meter baza, ya lo haré más tarde. Estoy disfrutando demasiado del momento. Mis interrupciones serán mínimas, me merece la pena permanecer en silencio si no tengo nada interesante que aportar a lo que el otro me está contando.

3. Me callo cuando el que habla necesita hacerlo. Sé escuchar. Lo hago bien, con interés verdadero, asimilando lo que me están diciendo. No desconecto, ni pienso en qué haré esta noche de cena, mientras asiento y digo “Ajá, claro...”. Y eso se nota. Sin proponérmelo, invito a la confidencia, al desahogo. Y, de paso, parece ser que no soy mala dando consejos. Pero ojo, no los doy si no me los piden. Dejo hablar a quien ha venido a mí por eso, porque quiere que le escuche, lo necesita, y no está ahí para escucharme a mí. Lo sé, lo acepto y actúo en consecuencia. Es lo que se espera de un buen hombro en el que llorar.

4. Me callo por educación, en ocasiones en que mi interrupción sería algo demasiado brusco. Dejo que la otra persona termine de decir sandeces, porque demostrar mi malestar no sería cortés, y yo tengo más educación escuchando lo que no me interesa que el otro soltándome un rollo que no me corresponde. A veces hay que aguantar el chaparrón, y cuando pare, volver a casa, secarse y pensar en otra cosa. Lo hago. Supongo que en eso consiste también ser un buen hombro.

5. Me callo cuando, literalmente, no puedo meter baza. Hay gente que habla contigo porque necesita tener alguien delante y no sentir que monologa, pero a la que le importa un pito lo que tú digas. Tú lo sabes, pero él no sabe que lo sabes, y es muy graciosa la situación surrealista que se monta, porque antes de empezar la conversación sabes lo que va a pasar, lo has vivido demasiadas veces ya. Ese tipo de personas son como son, y no pueden evitarlo, les puede su incontinencia verbal. Seguramente, lo que cuenten no esté mal, suelen ser personas con cosas que decir, incluso muy interesantes, pero son incapaces de dar el feedback que exigen. Las pocas veces que te permitirán participar en la conversación, harán como que te escuchan, pero tú sabes de sobra que no lo hacen: sólo están haciendo tiempo, esperando de nuevo su turno para soltar su rollo, que seguramente no tenga nada que ver con lo que tú acabas de decir. No te van a dar la réplica al hilo de lo que tú has añadido; volverán a retomar su propia historia, la que dejaron colgando para darte paso. Y volverán a llevar la conversación a su terreno, como si tú nunca hubieses hablado. Porque así es: a todos los efectos, lo que tú dijiste no tiene ninguna importancia para la conversación-monólogo. Esto al principio cabrea ("¿Pero será posible que no he podido hablar apenas?"). Luego lo asumes ("Ella es así, qué le vamos a hacer..."). Al final, te hartas ("Si este tío es así, genial, pero no tengo por qué soportarlo. No soy una ONG."). Sí. Hasta los hombros más pacientes tienen un límite. De verdad.

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