sábado, 19 de diciembre de 2015

No valgo pa ná

Hace un mes, me hice voluntaria de una protectora. El tiempo suficiente, cuatro semanas, para darme cuenta de que no puedo ser voluntaria de una protectora. Ir a la perrera me pone triste, me llevo las caras de tristeza y los ladridos de desesperación a casa, y la impotencia de no poder hacer nada por evitarlo. Darles un paseo o jugar un rato con ellos es una tirita que pones a un tipo que se está desangrando, y en lugar de alegrarme por poner mi granito de arena, me deprime. Yo intuía todo esto, pero quise probar. La tentación llevaba ahí meses, pero en el fondo yo sabía que esto iba a pasarme. Si sufro leyendo en Facebook noticias de perros abandonados, ¿cómo no iba a darme el bajón viéndolo en directo? Además, me he creado una nueva necesidad imposible: ahora quiero un gato que no puedo tener.

En fin, que soy un desastre de voluntaria, y me temo que voy a dejar de ir con el mismo entusiasmo que empecé. De golpe y porrazo. No me hace bien. Seguiré yendo a las jornadas de adopción del Verdecora o el Fronda. Ahí es muy distinto: ves el final del túnel, el desenlace que tan raro es ver en la perrera: los perros yéndose con sus nuevos amos a empezar una vida como es debido.

 Me da rabia, pero lo he intentado y veo que no puede ser. Me afecta demasiado y yo ya no quiero sufrir si puedo evitarlo. Y en este caso, puedo.

lunes, 12 de octubre de 2015

De lo malo y lo bueno, y de quién puede más

Hace cosa de un mes yo estaba preparándome para mi primera carrera popular. Ilusionada, esforzada, viendo resultados y espoleada aún más por ellos. A una semana escasa del día D, a punto de ir a recoger camiseta y dorsal. Cuando, quizás demasiado relajada por la cercanía de la fecha, en uno de mis últimos entrenamientos, tropecé y me caí, con tan mala suerte que fue en una cuesta abajo y aterrizando sin poner las manos. Recibí todo el golpe en la cara, y también en las costillas. Curiosamente, la carrera fue cancelada, así que no hubiera podido ir de ninguna forma. 

Sin embargo, lo más llamativo de todo este episodio de mi trastazo no ha sido la herida en la barbilla, o la muela rota: ya tuve una avería similar hace más de treinta años, jugando al látigo en la calle. También entonces me rompí dos dientes y me di en la barbilla. Tampoco es la primera vez que me doy un golpe en las costillas. Este incidente ha sido algo inesperado y molesto, pero en cierto modo, familiar. Pero lo que más me ha sorprendido estas semanas tiene que ver con el lugar donde me caí. 

Ese puente sobre la autovía, que casi todos los vecinos odian por lo caro que resultó para el municipio, siempre me ha parecido fascinante. Y, en cierto modo, simbólico, porque el trayecto desde mi casa hasta él, ida y vuelta, suponía una sesión de entrenamiento maja, y cada vez la iba haciendo con más soltura y desahogo. En ese puente me pegué el leñazo. Y ya no le miro igual. Nunca más lo veré como mi sitio favorito del pueblo. Porque ahora no puedo desligarlo de ese momento en el que, a cámara lenta, supe que iba a estamparme contra sus tablones de madera, los mismos que me cortaron la barbilla y se me clavaron en el costado. Injusto, pero real. E inevitable.

Porque me he dado cuenta que me pasa exactamente igual con las personas. Cuando una relación se va al garete, lo negativo borra sin piedad todo lo positivo que haya podido vivir previamente con esa persona. Por eso soy tan mala ex. La peor posible. No puedo guardar lo bueno y tirar lo malo. Lo feo se come lo bonito que pudo haber pasado, lo elimina, y sólo me deja el rastro de un final traumático. Sé que es injusto, que no debería funcionar así, pero no puedo evitarlo. No es rencor, ni idealización que se choca contra la realidad. Es una sensación de timo: la pérdida de una inocencia que no puede recuperarse. ¿Es acaso posible volver atrás cuando un niño se entera de la verdad sobre los Reyes Magos o el Ratoncito Pérez? 

Volveré a correr. Y lo haré por ese puente, seguro. Y volveré a enamorarme. Y a echarme amigos que en el fondo nunca lo fueron. Pero cada vez que todo acabe, archivaré el dossier en la F de "Fracasos". 

martes, 29 de septiembre de 2015

Dejavu

Hace unos meses decidí dejar de divagar sobre mí misma y dejar de lado un poco este blog tan personal, para pasar a tomarme en serio mi gusto por la cocina y las cosas relacionadas con lo gastronómico. Abrí otro blog, compré un dominio y puse en marcha incluso una página de Facebook para dinamizar un poco la cosa (¡Yo, que siempre he odiado FB!). Me apetecía darle un aire más "profesional" a una afición que ya ocupaba buena parte de mi cabeza y mi tiempo. Hacer de ello algo parecido a un trabajo. No ha funcionado. Llevo desde finales de agosto sin escribir en Gastrocosas. Tampoco estoy sacando recetas nuevas en Chez Thérèse. Sigo leyendo e investigando sobre esos temas, pero me lo paso mejor viendo lo que otros hacen mucho mejor que yo que arremangándome y esforzándome en mejorar lo mío. Organizo agendas y escribo listas inútiles que, en el fondo, sé que no voy a cumplir. Me desespero inútilmente, pero por más que lo intento no consigo la disciplina necesaria para hacer de Gastrocosas algo mucho más sólido. No tengo espíritu comercial, así que no lo muevo por el mundillo del sector. No sé llevar las relaciones públicas y el marketing se me escapa. Lógicamente, no me entero de muchos eventos hasta que leo sobre ellos, y otros que sí veo pasan delante de mis narices sin más, porque no me invitan. 

También ando algo apática con el tema de los podcasts. No me apetece grabar como antes. De hecho, vuelvo a oir mucha más música. Y lo que cuentan otros me resulta mucho más interesante que lo que yo pueda decir. 

Y así llevo un tiempo, envuelta en un círculo de desidia, remordimientos y, a la postre, inactividad, del que no me siento capaz de salir. Que, mira tú la ironía del destino, me ha traído de nuevo a este rincón, al que siempre termino volviendo para pensar en voz alta y ver negro sobre blanco todo eso que me atormenta mientras no lo escribo. Da igual cómo se llame: está claro que necesito poder escribir mis miserias y mis angustias, y no, no me sirve hacerlo en un word y guardarlo en el ordenador. Y francamente, no entiendo la diferencia, porque debido a mi irregularidad escribiendo, cada vez pasan menos lectores por aquí. Desconozco las razones, pero sé que cuando le dé al botón naranja de "Publicar",me sentiré inexplicablemente un poco mejor. 

Supongo que todo es cuestión de oír tu voz más allá de las paredes de tu cabeza. De mirar esas palabras como si fueras alguien ajeno. Dejar entrar un poco de aire cuando un asunto se enrarece tanto dentro de ti, después de darle demasiadas vueltas con escaso éxito.  Desdoblarte y mirarte como si no fueses tú la que lo cuenta, para quizás, sentirte menos sola.

jueves, 16 de abril de 2015

Mi vida con bici

Soy muy amiga de los retos. De los desafíos. De los "No hay huevos". Desde siempre he pensado que si alguien puede hacer algo, eso quiere decir que ese algo puede hacerse. Y si alguien lo hace, ¿por qué no podría yo también? No siempre funciona, claro está, pero sí que lo hace la mayoría de las veces. Y si no logro hacer esa cosa, al menos lo he intentado y ya me quedo tranquila sabiendo que eso no es para mí.

El último NHH al que me he enfrenteado era a priori facilongo: usar la bici durante todos y cada uno de los días del mes de abril. Sencillo, ¿no? Sé montar en bici. Me enseñó mi padre cuando tenía 7 u 8 años. Tengo bici. Eso sí, la pobre ha estado muerta de asco en el cuarto de las bicis durante lustros. Una híbrida que estuve a puntito de vender, pero que al final conservé no sé por qué, ya que me compré una plegable y me parecía absurdo tener dos. Afortunadamente recapacité y lo dejé estar, porque ahora me estoy dando cuenta de lo buena que es, lo bien que funciona y lo a gusto que voy en ella. La plegable, por el contrario, duerme el sueño de los justos colgada de un gancho, porque lo cierto es que al lado de la grande no tiene nada que hacer, en cuestión de comodidad, velocidad y seguridad. Así que, con la tontería, resulta que he redescubierto a mi vieja bici, y cada vez que me subo a ella doy gracias por no haber cometido el error de deshacerme de ella como un lastre más del pasado.

La cosa es que, superada ya la mitad del mes, tengo que reconocer que la experiencia ha sido una total y absoluta revelación. Un "Pero ¿qué he estado haciendo hasta ahora?" Me está encantando usar la bici para moverme por todas partes, no me acobarda el tráfico, me atrevo con las distancias largas (mi máximo han sido 8 kms. de ida y vuelta), me dan igual las cuestas, y he descubierto que pedalear con lluvia tiene también su aquel (ese ruidito de las gotas en la capucha del chubasquero...). En resumen, que abril terminará dentro de dos semanas, pero yo ya no voy a bajarme de la bici. El coche quedará reservado para cuando salga del pueblo o cuando lleve bultos o a la perra comigo. Ni siquiera me planteo no salir si se me va a hacer de noche: me he comprado un juego de luces y un chaleco reflectante.

Moraleja: nunca descartes nada. Pero nada de nada. Ni lo más descabellado.

Podrías perderte muchas buenas sorpresas.

miércoles, 25 de marzo de 2015

¿Soy una foodie?

Uno de mis primeros recuerdos soy yo suplicando a mi madre que me dejara su caja de las recetas. Un archivador de cartón de La Lechera, con el lema "Sugerencias que nutren y deleitan", de esos que te enviaban con unas cuantas etiquetas de la leche condensada. Ahí, aparte de las fichas para hacer batidos, cocadas o pudin de pan, mi madre guardaba el librito de Knorr, el de Maizena, el del Tulipán o las instrucciones con recetas de la batidora Braun Minipimer o las de la olla a presión Magefesa. Efectivamente, en mi casa en aquella época no había dinero para libros de cocina, así que mi madre se arreglaba con los que podía conseguir juntando etiquetas y pagando un precio simbólico contra reembolso. Esos libritos fueron mi primer contacto con los recetarios, y me enamoraban. Podía tirarme horas primero mirándolos, porque no sabía ni leer cuando ya los hojeaba, y luego leyéndolos y soñando en el día en que yo pudiera hacer todas esas cosas tan ricas y tan bonitamente dispuestas. Un día, mi madre me dio el archivador y yo no pude ser más feliz. Si me hubiese dado el collar de diamantes de la familia que ha pasado de madres a hijas desde el siglo XVII no me hubiese puesto más contenta.

Esto viene a que no sé cómo me las apaño pero me doy cuenta de que las páginas que más consulto, los blogs que más me gustan y las actividades que más satisfacción me dan son las relacionadas con los guisos y las cosas del comer. Igual que entonces, pero a lo bestia, gracias a Internet. Sigo embelesándome con los libros, me atonto mirando blogs y saltando de uno a otro de enlace en enlace, y me prohibo dejarme caer por Pinterest porque si entro no hay manera de salir. Compro y compro libros de cocina, a pesar de mis propósitos de parar algún día, y me faltan comidas y cenas para hacer todo lo que quiero probar y repetir porque ya me ha salido bien. Me fascina tanto el mundillo de la cocina, de los alimentos, de los productos de la tierra que me sorprende hasta a mí. No por la novedad, porque como digo viene de muy lejos, sino por cómo ese gusto se ha ido imponiendo a codazos, relegando a su paso otras aficiones que he ido aparcando con el tiempo. Mientras que la gastronomía ocupa cada vez más mi cabeza y mi corazón.

A eso lo llaman ahora ser un foodie. Yo siempre lo he llamado ser un cocinillas, pero ya se sabe: todo en inglés suena mejor y más molón.

martes, 24 de marzo de 2015

Problemas del primer mundo (y de estudiantes sin preocupaciones de verdad...)


Vuelve a pasarme. Un año más, desde que cogí los libros de nuevo, la llegada de la primavera trae consigo un ataque de vagancia estudiantil que me impide concentrarme, estudiar y ser responsable y buena chica en los estudios. Afortunadamente, ya no me juego nada: estudio idiomas por amor al arte, por que no se me olvide lo que ya sé y por aprender algo más. Nadie me va a castigar sin vacaciones si suspendo, ni necesito el título para poder conseguir un trabajo mejor. Curiosamente, empiezo los cursos con muchas ganas, después del verano llego incluso con algo de mono de cuadernos y deberes. Pero es llegar marzo-abril y ya empiezo a flojear. Mi capacidad de concentración se reduce al mínimo, me cabrea la sola idea de tener que sentarme a hacer deberes y las ganas de saltarme las clases e irme a dar una vuelta se apoderan de mí. El buen tiempo ayuda, pero no es determinante: ahora mismo hace un frío que pela y no para de llover. Teóricamente, son las condiciones perfectas para que a mí me entren ganas de trabajar, pero no es así. Me apetecen mil cosas antes que ponerme a hacer ejercicios de francés. Jugar con la perra. Bajarla a la calle. Echarle las gotas en los oídos. Colorear mis mandalas. Retomar la novela. Ordenar armarios de cara a la primavera y a la nueva fase del Proyecto 333. Copiar a limpio mi cuaderno de recetas. Coger la bici (uys, eso no, que llueve...). Salir a correr (tampoco, qué frío...). Escribir el blog. Hasta limpiar la cocina, síntoma clarísimo de que lo mío es grave de verdad. Sí, señores. Yo debería estar haciendo ahora mismo los deberes de mañana, pero paso. 

¿Debería dejar la escuela? Pues lo mismo. Pero son más los días en los que me apetece mucho ir a clase, lo paso muy bien allí, mis compañeros me caen estupendamente, la profesora no podía ser mejor, en fin, que objetivamente debería dar palmas con las orejas por la suerte que tengo de poder estudiar. Sin embargo, ¡qué cuesta arriba se me hace el resto! Así que así ando, como cada curso, rebelde y al mismo tiempo responsable (y un poco culpable, todo hay que decirlo...), harta del francés, pero incapaz de mandarlo a paseo. 

Una solución, quiero.

sábado, 21 de marzo de 2015

De la manipulación, el hijoputismo y otras malas artes

Una de las habilidades sociales que más admiro, aunque para nada la envidio, es la capacidad de manipulación y engaño de las malas personas. Vaya por delante que mi fascinación por la gente de malos sentimientos no va dirigida al concepto en sí, que me parece repugnante y con el que no comulgo en absoluto, sino hacia la técnica, depuradísima en algunos casos. El sibilino arte de vender humo haciendo creer al iluso comprador que encima le estás haciendo un favor por sacarle los cuartos. La rastrera vida doble del hijodeputa con piel de buena persona que no sólo logra engañar a todos, sino que encima se crea una imagen de integridad que esconde la mayor de las podredumbres. La habilidad del trilero de las emociones, que juega contigo haciéndote ganar las primeras manos para luego hundirte en la miseria y salir corriendo con la caja de cartón, la bolita, los tres vasos y tu dignidad.

Pero no, no me gustaría ser manipuladora, ni hijadeputa, ni falsa. Podría, supongo, si me empeño de veras y fuerzo mi naturaleza, como el que entrena y saca músculos de donde ni imaginaba que había. Soy una buena persona, y no me importa reconocerlo, aunque eso sea igual a ser tonta en demasiadas ocasiones. Admiro la habilidad de poder vivir de ese modo, como el que se queda con la boca abierta ante un truco de magia, porque no ve la trampa, ni el cómo, y alucina con el resultado. Pero no lo envidio, porque aunque me lo explicaran y aprendiera a hacerlo bien, no podría usar esas artes. Me repelen demasiado. Pero aun así, cuando me topo con un manipulador me gusta mirarlo como espectadora y nunca termino de sorprenderme. Aunque, como le pasa al que ve demasiados magos y espectáculos de ilusionismo, a medida que pasa el tiempo me voy resabiando, y pillo al mago sacándose el naipe de la manga. Voy viendo más claramente la trampa y el cartón, lo que hace que la admiración sorprendida inicial vaya dejando paso a la risa floja del que sabe demasiado, y al mismo tiempo que ve los hilos, ve las caras de pasmo y admiración de un público iluso y todavía inocente, tan lejos de la cruda realidad de lo que mira admirado...

Porque estoy segura de una cosa: si se me ocurriese contarles la verdad, no me creerían. Tal es el poder de un buen manipulador... 

viernes, 20 de marzo de 2015

Dibuja y colorea

Cuando era pequeña y aún era hija única, uno de mis entretenimientos favoritos y más absorbentes era colorear. Colorear, unir los puntos, ver las seis diferencias... Todo un tesoro de horas muertas por delante que se encerraban en aquellos libros en blanco y negro que durante unos años me gustaron tanto o más que los de leer. Nunca fui buena dibujando, pero me fascinaba colorear, o sacar de una maraña de números y puntos un dibujo inesperado, que siempre culminaba, al unir los dos últimos números, con una sonrisa gigante y un "¡Anda, mira, mama. Si es una jirafa comiendo hojas de árbol!".

Otras tardes, le pedía a mi madre el monedero y montaba un chiringuito de transacciones comerciales, en los que vendía mis cuentos del Pato Donald (¿una librería?), y yo era vendedora y compradora, me cobraba, regateaba conmigo misma y al final devolvía el cambio junto con un primoroso paquete envuelto en papel de periódico y dos toneladas de celo.

En cuanto a las muñecas, fui poco maternal, y aunque tuve muñecos bebés, mis mejores tardes fueron con la Nancy. Peinándola, cambiándola de ropa..., lo típico. Pero recuerdo especialmente lo mucho que disfrutaba jugando a que la muñeca era una señora superelegante que viajaba muchísimo y se alojaba en hoteles constantemente, haciendo y deshaciendo maletas, doblando y desdoblando ropa todo el tiempo (¿de dónde me sacaría yo esa vida de ejecutiva estresada que le enjareté a la pobre muñeca?). Yo no era nadie, quiero decir, no era contrapunto como en la tienda, sino que me limitaba a hacer las voces de ella y de la gente que se encontraba: su jefe, la chica del mostrador del aeropuerto... Menudas historias que me sacaba de la manga... 

En fin, todo esto viene porque he vuelto a colorear. Con su correspondiente caja de pinturas de dieciocho colores y un sacapuntas a mi vera. Parece que ahora está de moda entre los adultos, dicen que relaja y da paz de espíritu. No sé yo. En lo que a mí respecta, no me noto más tranquila, pero sí que me da muy buen rollo, porque me acuerdo de aquellos años en los que las circunstancias me obligaban a jugar sola. Y no me apañaba mal, tengo recuerdos preciosos de aquella época de "yo me lo guiso y yo me lo como". Me pregunto si eso hizo que ahora sea como soy. A lo mejor no me pesa la soledad porque en realidad me gusta. Y puede que me guste porque no me quedó más remedio que aprender a estar sola. 

A saber...

jueves, 19 de marzo de 2015

Probando, probando

Una vez más, y ya he perdido la cuenta de cuántas, estoy escribiendo ese primer post de un nuevo blog. Esa primera entrada vacía que sólo sirve para poder trastear con la plantilla. Para ver cómo queda con un fondo claro o si se da de bofetadas con un fondo oscuro. Para descubrir que ésa que me ha enamorado es demasiado infantil, y aquella que me ha hecho ojitos tiene un color que en realidad no me gusta. Para darme cuenta de que siempre termino tirando por los tonos claros, azulados o grisáceos. Un post en el que no se dice nada, porque aún no tiene una la cabeza para escribir nada coherente, sencillamente porque todo está por hacer. Sólo tienes un título, con el que has abierto el blog, unas cuantas ideas sobre el contenido y poco más. Todo se está fraguando todavía, cociéndose a fuego lento, y no puedes contar nada porque se gafa, para empezar, y porque ni tú lo tienes todavía demasiado claro. Así que seamos tradicionales y usemos este primer post como es debido. 

¡Hola, mundo! Estoy aquí y todo lo que voy a contar de ahora en adelante en este rincón será porque, desde que abrí mi primera bitácora allá por 2003, ya soy incapaz de no ver el mundo en modo blog.

jueves, 1 de enero de 2015

Otra vez fin

Un nuevo año asoma la patita y de nuevo me planteo las dos posibilidades extremas: dejar definitivamente de tener un blog personal al que apenas dedico tiempo y energías, o ponerme las pilas y volver a activarlo y a revivirlo. Quizás la primera opción fuese la más coherente, viendo el agónico ritmo y la regulera calidad de posteo de los últimos tiempos. Pero no soy capaz de tomar la decisión y echar el cerrojo de una vez. Me puede el horror vacui que me produce la sola idea de ser una persona sin blog personal. Luego, la realidad me da la bofetada y me demuestra que todo es más sencillo: lo que me pasa es que no tengo gran cosa que contar, y por eso no escribo. Lo que tengo que decir ya lo digo antes en otros soportes, así que cuando me planteo escribir un post me sueno demasiado a mí misma, me aterra ser redundante y cansina, y no escribo. 

Y sin embargo, se me hace tan cuesta arriba pensar en mí misma sin un rincón donde contar mis cosas... Pero lo cierto es que un blog tan moribundo como éste, no es un blog vivo. Explico la perogrullada: un blog necesita ser leído, esperado, comentado. Necesita lectores que lo animen. Este espacio está muerto, a nivel de público. Dudo mucho que quede algún lector que se pase por aquí, o que recuerde que hubo un tiempo en que Teresa, la de la ventana, escribía. Y los pocos que vienen, no comentan. Un blog con comentarios vacíos es un blog con eco. Soledad y aburrimiento. Para el que pasa y sólo oye sus propios pasos, y para el que escribe, que entra quitando telarañas. Así que me encuentro en una encrucijada extraña, pero clara: mi blog está muerto. Si vuelvo a escribir, esto se habrá convertido en un diario de los de antaño, sin más lector que yo misma. ¿Quiero eso? Pues no lo sé. Voy a reflexionar al respecto. Quizás si defino lo que realmente ha llegado a ser esto, sepa cómo manejarlo y encauzarlo para que tenga sentido o deje de tenerlo porque no da más de sí.

Seguiremos informando.