sábado, 21 de marzo de 2015

De la manipulación, el hijoputismo y otras malas artes

Una de las habilidades sociales que más admiro, aunque para nada la envidio, es la capacidad de manipulación y engaño de las malas personas. Vaya por delante que mi fascinación por la gente de malos sentimientos no va dirigida al concepto en sí, que me parece repugnante y con el que no comulgo en absoluto, sino hacia la técnica, depuradísima en algunos casos. El sibilino arte de vender humo haciendo creer al iluso comprador que encima le estás haciendo un favor por sacarle los cuartos. La rastrera vida doble del hijodeputa con piel de buena persona que no sólo logra engañar a todos, sino que encima se crea una imagen de integridad que esconde la mayor de las podredumbres. La habilidad del trilero de las emociones, que juega contigo haciéndote ganar las primeras manos para luego hundirte en la miseria y salir corriendo con la caja de cartón, la bolita, los tres vasos y tu dignidad.

Pero no, no me gustaría ser manipuladora, ni hijadeputa, ni falsa. Podría, supongo, si me empeño de veras y fuerzo mi naturaleza, como el que entrena y saca músculos de donde ni imaginaba que había. Soy una buena persona, y no me importa reconocerlo, aunque eso sea igual a ser tonta en demasiadas ocasiones. Admiro la habilidad de poder vivir de ese modo, como el que se queda con la boca abierta ante un truco de magia, porque no ve la trampa, ni el cómo, y alucina con el resultado. Pero no lo envidio, porque aunque me lo explicaran y aprendiera a hacerlo bien, no podría usar esas artes. Me repelen demasiado. Pero aun así, cuando me topo con un manipulador me gusta mirarlo como espectadora y nunca termino de sorprenderme. Aunque, como le pasa al que ve demasiados magos y espectáculos de ilusionismo, a medida que pasa el tiempo me voy resabiando, y pillo al mago sacándose el naipe de la manga. Voy viendo más claramente la trampa y el cartón, lo que hace que la admiración sorprendida inicial vaya dejando paso a la risa floja del que sabe demasiado, y al mismo tiempo que ve los hilos, ve las caras de pasmo y admiración de un público iluso y todavía inocente, tan lejos de la cruda realidad de lo que mira admirado...

Porque estoy segura de una cosa: si se me ocurriese contarles la verdad, no me creerían. Tal es el poder de un buen manipulador... 

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