viernes, 20 de marzo de 2015

Dibuja y colorea

Cuando era pequeña y aún era hija única, uno de mis entretenimientos favoritos y más absorbentes era colorear. Colorear, unir los puntos, ver las seis diferencias... Todo un tesoro de horas muertas por delante que se encerraban en aquellos libros en blanco y negro que durante unos años me gustaron tanto o más que los de leer. Nunca fui buena dibujando, pero me fascinaba colorear, o sacar de una maraña de números y puntos un dibujo inesperado, que siempre culminaba, al unir los dos últimos números, con una sonrisa gigante y un "¡Anda, mira, mama. Si es una jirafa comiendo hojas de árbol!".

Otras tardes, le pedía a mi madre el monedero y montaba un chiringuito de transacciones comerciales, en los que vendía mis cuentos del Pato Donald (¿una librería?), y yo era vendedora y compradora, me cobraba, regateaba conmigo misma y al final devolvía el cambio junto con un primoroso paquete envuelto en papel de periódico y dos toneladas de celo.

En cuanto a las muñecas, fui poco maternal, y aunque tuve muñecos bebés, mis mejores tardes fueron con la Nancy. Peinándola, cambiándola de ropa..., lo típico. Pero recuerdo especialmente lo mucho que disfrutaba jugando a que la muñeca era una señora superelegante que viajaba muchísimo y se alojaba en hoteles constantemente, haciendo y deshaciendo maletas, doblando y desdoblando ropa todo el tiempo (¿de dónde me sacaría yo esa vida de ejecutiva estresada que le enjareté a la pobre muñeca?). Yo no era nadie, quiero decir, no era contrapunto como en la tienda, sino que me limitaba a hacer las voces de ella y de la gente que se encontraba: su jefe, la chica del mostrador del aeropuerto... Menudas historias que me sacaba de la manga... 

En fin, todo esto viene porque he vuelto a colorear. Con su correspondiente caja de pinturas de dieciocho colores y un sacapuntas a mi vera. Parece que ahora está de moda entre los adultos, dicen que relaja y da paz de espíritu. No sé yo. En lo que a mí respecta, no me noto más tranquila, pero sí que me da muy buen rollo, porque me acuerdo de aquellos años en los que las circunstancias me obligaban a jugar sola. Y no me apañaba mal, tengo recuerdos preciosos de aquella época de "yo me lo guiso y yo me lo como". Me pregunto si eso hizo que ahora sea como soy. A lo mejor no me pesa la soledad porque en realidad me gusta. Y puede que me guste porque no me quedó más remedio que aprender a estar sola. 

A saber...

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