martes, 24 de marzo de 2015

Problemas del primer mundo (y de estudiantes sin preocupaciones de verdad...)


Vuelve a pasarme. Un año más, desde que cogí los libros de nuevo, la llegada de la primavera trae consigo un ataque de vagancia estudiantil que me impide concentrarme, estudiar y ser responsable y buena chica en los estudios. Afortunadamente, ya no me juego nada: estudio idiomas por amor al arte, por que no se me olvide lo que ya sé y por aprender algo más. Nadie me va a castigar sin vacaciones si suspendo, ni necesito el título para poder conseguir un trabajo mejor. Curiosamente, empiezo los cursos con muchas ganas, después del verano llego incluso con algo de mono de cuadernos y deberes. Pero es llegar marzo-abril y ya empiezo a flojear. Mi capacidad de concentración se reduce al mínimo, me cabrea la sola idea de tener que sentarme a hacer deberes y las ganas de saltarme las clases e irme a dar una vuelta se apoderan de mí. El buen tiempo ayuda, pero no es determinante: ahora mismo hace un frío que pela y no para de llover. Teóricamente, son las condiciones perfectas para que a mí me entren ganas de trabajar, pero no es así. Me apetecen mil cosas antes que ponerme a hacer ejercicios de francés. Jugar con la perra. Bajarla a la calle. Echarle las gotas en los oídos. Colorear mis mandalas. Retomar la novela. Ordenar armarios de cara a la primavera y a la nueva fase del Proyecto 333. Copiar a limpio mi cuaderno de recetas. Coger la bici (uys, eso no, que llueve...). Salir a correr (tampoco, qué frío...). Escribir el blog. Hasta limpiar la cocina, síntoma clarísimo de que lo mío es grave de verdad. Sí, señores. Yo debería estar haciendo ahora mismo los deberes de mañana, pero paso. 

¿Debería dejar la escuela? Pues lo mismo. Pero son más los días en los que me apetece mucho ir a clase, lo paso muy bien allí, mis compañeros me caen estupendamente, la profesora no podía ser mejor, en fin, que objetivamente debería dar palmas con las orejas por la suerte que tengo de poder estudiar. Sin embargo, ¡qué cuesta arriba se me hace el resto! Así que así ando, como cada curso, rebelde y al mismo tiempo responsable (y un poco culpable, todo hay que decirlo...), harta del francés, pero incapaz de mandarlo a paseo. 

Una solución, quiero.

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