miércoles, 25 de marzo de 2015

¿Soy una foodie?

Uno de mis primeros recuerdos soy yo suplicando a mi madre que me dejara su caja de las recetas. Un archivador de cartón de La Lechera, con el lema "Sugerencias que nutren y deleitan", de esos que te enviaban con unas cuantas etiquetas de la leche condensada. Ahí, aparte de las fichas para hacer batidos, cocadas o pudin de pan, mi madre guardaba el librito de Knorr, el de Maizena, el del Tulipán o las instrucciones con recetas de la batidora Braun Minipimer o las de la olla a presión Magefesa. Efectivamente, en mi casa en aquella época no había dinero para libros de cocina, así que mi madre se arreglaba con los que podía conseguir juntando etiquetas y pagando un precio simbólico contra reembolso. Esos libritos fueron mi primer contacto con los recetarios, y me enamoraban. Podía tirarme horas primero mirándolos, porque no sabía ni leer cuando ya los hojeaba, y luego leyéndolos y soñando en el día en que yo pudiera hacer todas esas cosas tan ricas y tan bonitamente dispuestas. Un día, mi madre me dio el archivador y yo no pude ser más feliz. Si me hubiese dado el collar de diamantes de la familia que ha pasado de madres a hijas desde el siglo XVII no me hubiese puesto más contenta.

Esto viene a que no sé cómo me las apaño pero me doy cuenta de que las páginas que más consulto, los blogs que más me gustan y las actividades que más satisfacción me dan son las relacionadas con los guisos y las cosas del comer. Igual que entonces, pero a lo bestia, gracias a Internet. Sigo embelesándome con los libros, me atonto mirando blogs y saltando de uno a otro de enlace en enlace, y me prohibo dejarme caer por Pinterest porque si entro no hay manera de salir. Compro y compro libros de cocina, a pesar de mis propósitos de parar algún día, y me faltan comidas y cenas para hacer todo lo que quiero probar y repetir porque ya me ha salido bien. Me fascina tanto el mundillo de la cocina, de los alimentos, de los productos de la tierra que me sorprende hasta a mí. No por la novedad, porque como digo viene de muy lejos, sino por cómo ese gusto se ha ido imponiendo a codazos, relegando a su paso otras aficiones que he ido aparcando con el tiempo. Mientras que la gastronomía ocupa cada vez más mi cabeza y mi corazón.

A eso lo llaman ahora ser un foodie. Yo siempre lo he llamado ser un cocinillas, pero ya se sabe: todo en inglés suena mejor y más molón.

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