lunes, 12 de octubre de 2015

De lo malo y lo bueno, y de quién puede más

Hace cosa de un mes yo estaba preparándome para mi primera carrera popular. Ilusionada, esforzada, viendo resultados y espoleada aún más por ellos. A una semana escasa del día D, a punto de ir a recoger camiseta y dorsal. Cuando, quizás demasiado relajada por la cercanía de la fecha, en uno de mis últimos entrenamientos, tropecé y me caí, con tan mala suerte que fue en una cuesta abajo y aterrizando sin poner las manos. Recibí todo el golpe en la cara, y también en las costillas. Curiosamente, la carrera fue cancelada, así que no hubiera podido ir de ninguna forma. 

Sin embargo, lo más llamativo de todo este episodio de mi trastazo no ha sido la herida en la barbilla, o la muela rota: ya tuve una avería similar hace más de treinta años, jugando al látigo en la calle. También entonces me rompí dos dientes y me di en la barbilla. Tampoco es la primera vez que me doy un golpe en las costillas. Este incidente ha sido algo inesperado y molesto, pero en cierto modo, familiar. Pero lo que más me ha sorprendido estas semanas tiene que ver con el lugar donde me caí. 

Ese puente sobre la autovía, que casi todos los vecinos odian por lo caro que resultó para el municipio, siempre me ha parecido fascinante. Y, en cierto modo, simbólico, porque el trayecto desde mi casa hasta él, ida y vuelta, suponía una sesión de entrenamiento maja, y cada vez la iba haciendo con más soltura y desahogo. En ese puente me pegué el leñazo. Y ya no le miro igual. Nunca más lo veré como mi sitio favorito del pueblo. Porque ahora no puedo desligarlo de ese momento en el que, a cámara lenta, supe que iba a estamparme contra sus tablones de madera, los mismos que me cortaron la barbilla y se me clavaron en el costado. Injusto, pero real. E inevitable.

Porque me he dado cuenta que me pasa exactamente igual con las personas. Cuando una relación se va al garete, lo negativo borra sin piedad todo lo positivo que haya podido vivir previamente con esa persona. Por eso soy tan mala ex. La peor posible. No puedo guardar lo bueno y tirar lo malo. Lo feo se come lo bonito que pudo haber pasado, lo elimina, y sólo me deja el rastro de un final traumático. Sé que es injusto, que no debería funcionar así, pero no puedo evitarlo. No es rencor, ni idealización que se choca contra la realidad. Es una sensación de timo: la pérdida de una inocencia que no puede recuperarse. ¿Es acaso posible volver atrás cuando un niño se entera de la verdad sobre los Reyes Magos o el Ratoncito Pérez? 

Volveré a correr. Y lo haré por ese puente, seguro. Y volveré a enamorarme. Y a echarme amigos que en el fondo nunca lo fueron. Pero cada vez que todo acabe, archivaré el dossier en la F de "Fracasos".