sábado, 19 de diciembre de 2015

No valgo pa ná

Hace un mes, me hice voluntaria de una protectora. El tiempo suficiente, cuatro semanas, para darme cuenta de que no puedo ser voluntaria de una protectora. Ir a la perrera me pone triste, me llevo las caras de tristeza y los ladridos de desesperación a casa, y la impotencia de no poder hacer nada por evitarlo. Darles un paseo o jugar un rato con ellos es una tirita que pones a un tipo que se está desangrando, y en lugar de alegrarme por poner mi granito de arena, me deprime. Yo intuía todo esto, pero quise probar. La tentación llevaba ahí meses, pero en el fondo yo sabía que esto iba a pasarme. Si sufro leyendo en Facebook noticias de perros abandonados, ¿cómo no iba a darme el bajón viéndolo en directo? Además, me he creado una nueva necesidad imposible: ahora quiero un gato que no puedo tener.

En fin, que soy un desastre de voluntaria, y me temo que voy a dejar de ir con el mismo entusiasmo que empecé. De golpe y porrazo. No me hace bien. Seguiré yendo a las jornadas de adopción del Verdecora o el Fronda. Ahí es muy distinto: ves el final del túnel, el desenlace que tan raro es ver en la perrera: los perros yéndose con sus nuevos amos a empezar una vida como es debido.

 Me da rabia, pero lo he intentado y veo que no puede ser. Me afecta demasiado y yo ya no quiero sufrir si puedo evitarlo. Y en este caso, puedo.

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