domingo, 26 de junio de 2016

De números traicioneros y edades no asumidas

Aunque fui de letras y las matemáticas siempre fueron un tramite penoso del que salir lo mejor parada posible, a veces me fijo en los números, y doy vueltas a cosas como lo bonito que es que un mes empiece en lunes o en cómo debe molar que te toque una matricula toda llena de ceros. Sin embargo, los números me rondan demasiado últimamente, y aunque no voy a reconocer que ande en plena pre-crisis de los cincuenta, sí que reconozco que me he quedado un poco de pasta de boniato al echar cuentas así, casi sin proponérmelo. Porque ¿cómo asumir que a pesar de que lo que hay dentro de mi cabeza yo ya podría ser abuela?

Sí, señores, y sin hacer cábalas ajustadas, ni al límite de lo biológicamente posible para concebir un vástago. Tan sólo si yo me hubiese reproducido a la misma edad que lo hizo mi madre (yo nací cuando ella tenía veinticuatro años), y mi hija/o hubiese hecho lo mismo, ya tendría una nieta (no me pregunten por qué imagino que ese no-nieto sería nieta...) de un añito. Tan mona y graciosa, como son a esa edad... Y seguramente, me tocaría quedármela mientras sus padres trabajan. 

Nada extraño, todo cosas factibles y que están pasando todos los días, ahora mismo, en el portal de al lado, o dos calles más abajo. Y sin embargo, aunque la realidad física va demostrándome que ya no soy joven, pero tampoco soy vieja, por más que lo intento, no puedo visualizar una realidad así, que podría haber sido perfectamente, pero no fue. Y me cruzo con chicas de veinte años por la calle y sé que cuando ellas me miran les recuerdo a sus madres, porque podría serlo. Y me siento rara. Rarísima. En una tierra de nadie, ni joven, ni vieja, sin pasaporte ni visado para ir a un lado, al que ya es imposible volver, ni al otro, al que me resisto a acercarme, pero al que los años terminarán deportándome, sin billete de vuelta.

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