lunes, 11 de julio de 2016

De las meriendas antiguas, las modernas y el justo término medio

Vaya por delante que no tengo hijos, pero fui niña y aún tengo frescas muchas sensaciones porque se convirtieron en recuerdos indelebles, de los que te duran hasta que eres una vieja arrugada como una pasa. Y yo no fui una cría en una época sospechosa de usar con prodigalidad la comida procesada y los dulces, sino todo lo contrario. Fui una niña de la EGB, y como tal, merendé toda mi vida bocadillo, pan (de barra, nada de Bimbo) con cosas saladas: lo del chocolate o la Nocilla era excepcional, y siempre un "postre", una pulguita más testimonial que otra cosa tras haberme comido el bocadillo con un embutido o queso. Vamos, que yo nunca merendé un bocadillo de pan con mantequilla y azúcar, o pan con chocolate, pero sí que lo comí, y con un placer indescriptible. Como sólo son los placeres esperados con ansiedad, excepcionales y poco frecuentes. Igual que eran momentos de gustazo deseado semanalmente, porque el domingo era el único día en que lo hacía, los de ir a comprar chucherías a "Las quinielas", el sitio donde mis amigos del barrio y yo nos proveíamos de caramelos de CubaLibre, Kikos, chicles Cheiv de fresa ácida o clorofila, picapicas y demás exquisiteces llenas de azúcar. También comí Donuts en el recreo, algún que otro Bony o Tigretón. Y mi madre siempre me compraba una napolitana o una bamba de nata en La Mallorquina cuando ibamos a El Corte Inglés de Sol. Y no, no fui una niña obesa. Básicamente porque comía comida de madre de los años 70-80, y esa comida alimentaba equilibradamente. Como dato curioso, me pasé toda mi infancia cenando casi a diario pescado. Pero confieso que también tuve mis momentos golosos, y aunque en casa se comía siempre con agua (del grifo), también bebía Coca-Cola o Fanta, pero tan de tarde en tarde que se convertía en otro acontecimiento. Y no recuerdo haber tenido la sensación de que cuando comía cosas dulces o golosinas fuese algo malo frente a lo bueno de la comida "de verdad": cada cosa tenía su momento, y nunca viví comerme un Calippo o una palmera de chocolate con sentimiento de culpa. Sólo era algo que no se hacía a diario, igual que no había turrón en agosto. Cuando no tocaba, ni yo lo pedía, ni se me daba. Punto y final. 


Últimamente leo a muchos nutricionistas echarse las manos a la cabeza (con razón), viendo las barbaridades que se ven por ahí en lo que respecta a las meriendas de los niños. Parques con papeleras llenas de minibricks de zumos o batidos, papeles de bollitos industriales y similares. Niños que desayunan en el coche tortitas de corchopan, sí, sí, esas de dieta de arroz o maíz. Y es que los niños de hoy se están alimentando no mal, sino fatal. Y bueno es decirlo, y denunciarlo, y proponer alternativas. Y aquí viene mi "pero". Pero ¿es necesario irse al extremo opuesto y criminalizar el azúcar como si fuera veneno? ¿No se puede comer correctamente y, de vez en cuando, disfrutar de unas gominolas o satisfacer un antojo de donut? Los niños bien alimentados con frutas y verduras, legumbres y demás cosas saludables, ¿no podrán sentir la emoción de los Peta Zetas en la boca y reírse con sus amigos de las cosquillas en la lengua? ¿Ni comprarse un Flash? 

Son preguntas que me hago y me confirman que, aunque yo no lo supiera entonces, tuve suerte de 

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