martes, 13 de septiembre de 2016

Trece años

Cuando empecé el blog tenía 36 años. Ahora tengo 49. Y aunque me haya ido y vuelto en varios momentos a lo largo de todo ese tiempo, mirando los archivos compruebo que no hay ni un solo año en esos trece en los que no haya algo escrito. Y sin embargo, cerré la ventana pensando que ya no tenía sentido, pero fue una huída inútil: la necesidad de seguir escribiendo estaba ahí. Pensé que había cerrado un ciclo, pero fue una falsa impresión. Seguía haciendo posts, muchos menos, pero de idéntica manera. No cambié ni contenido, ni estilo. La Teresa que iba recorriendo esos trece años iba viviendo, cambiando, envejeciendo, pero nunca soltó del todo el extremo del hilo que la mantenía unida a la ventana. Probé otros formatos (ahora me gusta hacer fotos), descubrí que mi buena capacidad de síntesis me hacía muy cómodo y atractivo Twitter, pero siempre y sobre todo me he sentido bloguera. Así que durante unos días catárquicos, en los que las circunstancias se confabularon para hacerme pensar un poco más de la cuenta, de pronto lo vi claro. 

En realidad no he vuelto, porque nunca me fui del todo. 

domingo, 11 de septiembre de 2016

Otra vez aquí

Abrí este blog en marzo de 2003, y desde entonces lo he cerrado y lo he abierto un buen puñado de veces. Y lo he hecho convencida de que, ahora sí que no daba más de sí. Tan convencida y tan comprometida con mi decisión de punto y final que cuando me ha dado ganas de escribir de nuevo, he vuelto a hacerlo, sí, pero abriendo un nuevo blog. Porque pensaba que era lo que había que hacer cuando cierras páginas. Cuando terminas un cuaderno y ya no hay más hojas, y no te queda otra que acercarte a la papelería a por uno nuevo.

Pero no estamos en el mundo del papel y los bolis, así que este cuaderno de la ventana nunca se quedó sin hojas. Más bien fui yo la que se quedó sin fuelle, y pensé que irme con la música a otra parte significaría algo. Error. Doble error, porque lo hice dos veces. Fue necesario que abriera dos blogs exactamente iguales a éste, pero con otros nombres y otro aspecto para darme cuenta de que lo que escribía allí era lo mismo que podría haber escrito en esta ventana. Que no había cambiado el estilo, ni el contenido, ni el espíritu "ventanístico". Que era una pantomina de cara a la galería (inexistente, por otra parte, porque casi nadie se enteró de que volvía a tener blog, y mis antiguos lectores no acudieron en masa a leerme a otra parte, lógicamente...), y, lo peor de todo, de cara a mí misma. Porque estaba sinceramente convencida de que cambiar de aires iba a hacer que escribiera de nuevo, más y mejor.

Pues no. No escribí más, sólo unos pocos posts, treinta y tantos en cada blog, y, como digo, de la misma manera que hubiese escrito en el blog que ya existía desde hacía más de una década. Así que, ¿para qué mantener abiertos tres sitios cuando realmente no hace falta más que uno?

Por otro lado, ahora que me muevo más por Twitter, veo que hay una necesidad natural de expresarse largo y tendido. Han nacido "los hilos", o sea, cadenas interminables de tuits que podrían perfectamente ser un post. El cuerpo nos pide leer y escribir posts, y no nos damos cuenta. O sí, yo sí que lo he hecho, por eso también estoy de nuevo aquí.

Revisar posts antiguos de Nepomuk y sus mundos, y ver cómo él ha resistido firme escribiendo todo este tiempo en el que yo titubeaba y daba tumbos, también tiene parte de culpa en mi presencia aquí y ahora.

Esta ventana ha estado tapiada durante casi un lustro, y no sé muy bien por qué. Hoy vuelvo a abrirla.

Que entre el aire.